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42.-
RONNIE, ESA UNICA VEZ
Gay, filial, primos.
Una aventura erótica entre su primo y él convirtiéndose en su chica.
Sucedió en verano y con mi primo. Sé que esto
no es muy original; hay muchas historias así. Supongo que el calor y este tipo
de parentesco son propicios para los descubrimientos sexuales de los
adolescentes, incluso entre varones. Todo empezó como un juego y terminó siendo
una maravillosa y extensa aventura erótica entre Ronnie, mi primo, y yo. Quiero
presentarme: me llamo Mario, pero suelen llamarme Marito. Aquella vez, cuando
sucedió lo que relataré, mi primo terminó llamándome "Marita".
Nuestras familias habían decidido compartir la casa de veraneo en un balneario
sobre la costa, al sur de Buenos Aires. En la distribución de las habitaciones
los dos varones fuimos confinados a un dormitorio originalmente destinado al
personal de servicio, ubicado en la planta alta. Había también un baño pequeño
al otro lado del pasillo y, sobre todo, mucha intimidad. Las hermanas de Ronnie
y nuestros padres dormían en la planta baja, muy lejos de nosotros.
Era una edad caliente. Yo tenía 17 años y Ronnie 18 recién cumplidos. Él tenía
un cuerpo bastante más grande que el mío - yo nunca superé el metro setenta,
mientras que él andaba por el metro ochenta y pico -, hombros redondos y
fuertes, cabello rubio con rulos, ojos celestes y otros atributos que resultaban
extraordinariamente atractivos para las chicas del barrio. Precisamente éstas,
las chicas, fueron la causa por la que iniciamos nuestras conversaciones
sexuales. Al acostarnos, pasábamos lista de todas las que conocimos en la playa
o en cualquier otro lugar e imaginábamos qué le podíamos hacer si estuvieran
allí, con nosotros. Todos estos comentarios nos excitaban enormemente, al punto
que una noche Ronnie me preguntó si yo me masturbaba. Le dije que sí, que lo
había hecho muchas veces. Me propuso que lo hiciéramos, cada uno por su lado,
pensando en una chica diferente. Mientras agitábamos nuestras pijas (así
llamamos a la polla en mi país) mencionábamos en voz alta nuestras fantasías,
hasta acabar esparciendo nuestro semen sobre las sábanas.
El ritual fue repetido durante tres noches seguidas, pero la cuarta, ya
terriblemente caliente, no pude evitar proponerle:¿Querés que yo te la haga yo a
vos, y vos a mi?Ronnie demoró unos segundos en responderme. Él era muy pudoroso
y muy creyente de la iglesia católica.Bueno, dale -, finalmente me
contestó.Fuimos muy torpes al principio; no sabíamos en qué posición colocarnos.
Me pasé a su cama y ambos cruzamos el antebrazo sobre el vientre del otro,
tendidos en paralelo, boca arriba, sin mirarnos y manoteando a través del
calzoncillo. Finalmente, ambos nos sacamos el slip y, quizás por vergüenza, no
atinamos a desprendernos de nuestras camisetas de dormir, como si el mantener el
torso cubierto nos hiciera más inocentes. Luego, yo tomé la iniciativa colocarme
al revés, remedando un 69. Sabía - la había visto antes, a escondidas - que su
verga era grande, pero nunca pensé que me impresionaría tanto como cuando la
toqué por primera vez. Me recorrió un temblor en el cuerpo y supongo que a él le
sucedió algo parecido cuando apresó mi pija .
Nos sacudimos mutuamente nuestras vergas como expertos con las propias y
mencionamos muy poco a las chicas. Aquella primera vez yo acabé primero, pero
continué masturbándolo para que también él quedara satisfecho. Luego, charlamos
un poco y nos dormimos.
Durante el día nunca comentamos, ni siquiera entre nosotros, lo que hacíamos de
noche. Para sorpresa de nuestros padres, solíamos ir a dormir temprano, alegando
que la playa nos había dejado exhaustos. Luego, allá arriba, construíamos
nuestro mundo casi perfecto, sintiéndonos cada vez más libres, desnudándonos
completamente y masturbándonos uno al otro, descansar un rato, y empezar otra
vez hasta quedarnos dormidos. Estas sesiones duraron varios días y, felizmente,
fueron vacaciones largas porque dieron lugar a que una noche, mientras yo
agitaba su verga con devoción, acerqué más mi rostro y me la metí en la boca.
Fue un movimiento repentino, no pensado. Tuve un instante de miedo, creyendo que
podría enojarse. Sin embargo, Ronnie no sólo no me reprendió sino que exhalo un
quejido y se extendió totalmente sobre la cama, como invitándome a que siguiera.
Me sentí libre de besar, chupar, sorber esa verga que había estado esos días tan
cerca pero a la vez tan distante. Me puse de rodillas entre sus piernas y
combando mi espalda, como respondiendo a un rito, puse mi cabeza en el medio de
su vértice y mamé de su pija de un modo frenético. Percibía que Ronnie gozaba,
se retorcía y me tomaba por la cabeza, enloquecido. Descubrí que yo mismo gozaba
dándole ese placer, y de pronto comprendí que podía y quería ser una de esas
chicas que mencionábamos en nuestras masturbaciones anteriores. Yo quería ser su
chica.
Fue a partir de aquel momento que mis vacaciones se transformaron en arrebato.
Puse toda mi alma y mi cuerpo al servicio del sexo de Ronnie, como si debiera
convertirme en la mejor geisha del universo. Aprendí a mamar de la verga de
Ronnie y a pasar, al mismo tiempo, la palma de mis manos sobre su pelvis,
recoger sus huevos entre mis dedos, humedecer su glande con mi saliva, secarla
con mi lengua y volverla a mojar. Hube de absorber sus líquidos pre seminales y
pedirle que observara cómo pasaban por mi garganta. Lo mismo le solicité aquella
vez que tragué todo su semen. Sé que estaba sorprendido: no esperaba de mí esos
servicios. Yo quería seguir sorprendiéndole y avanzaba siempre un poco más con
mis audacias. Había dejado, por ese tiempo, de ser varón. Quería a Ronnie para
mí y logré que olvidara a las chicas.
Al fin, decidí invitarlo:
- Quiero que me penetres, le dije.Supongo que
lo esperaba. Mejor aún: lo deseaba, porque me confirmó que sí, que quería
meterse por mi culo. Yo tenía un poco de miedo y él también. Sabíamos que
podíamos lastimarnos si no lo hacíamos bien y tuve que hacer una incursión hasta
el baño de planta baja para obtener un pote de crema. Ambos sabíamos, no sé de
dónde, que era necesario lubricarse. Excepto el pequeño contratiempo de mi madre
preguntando qué buscaba, pude obtener lo que necesitaba y volver a nuestra
habitación. Allí empezamos lo que fue, en realidad, casi una ceremonia.
Pactamos, en primer lugar, cómo lo haríamos. Pensamos que lo mejor era imitar a
los perros; yo me pondría en cuatro patas y él me montaría. Con prolijidad y
mucha dulzura, Ronnie untó mi esfínter, el "himen", como lo llamamos en esa
oportunidad. Ambos temblábamos de pensar en lo que vendría a continuación. La
manipulación de sus dedos entre mis nalgas, rodeando el - hasta ese entonces -,
pequeño orificio, no hizo más que enloquecerme completamente y rogaba en
silencio que me penetrara de cualquier forma y rápido. Los dos estábamos
desnudos y en penumbra. Podía distinguir su verga durísima y palpitante.
Al fin, se ubicó detrás de mí. Yo cerré los ojos. Su capullo (ese hermoso
capullo de mi Ronnie) se apoyó sobre mi piel y tímidamente empujó hacia el
centro. Yo afirmé mis piernas sobre la cama, esperando. Empujó más, y ya estaba
allí, en el umbral de mi cuerpo. Yo arqueé la espalda para dejar el paso libre y
él insistió suave pero tenazmente y…
Aún hoy siento ese infinito placer. Ronnie se me metió dentro. Él gimió, como yo
y hasta temimos ser percibidos desde abajo. Eso hizo que nos detuviéramos a
escuchar por si había movimientos en la habitación de nuestros padres, lo que
resultó ser una maniobra deliciosa: su verga estaba dentro de mi culo, quieta,
alerta como nosotros, pero llenándome completamente. Pasado el susto, empezó a
bombearme suavemente y yo lo acompañaba como una puta avezada. Fue tan
maravilloso que duró muy poco. Explotó en mí, me llenó de leche y tuvimos que
reposar para continuar más tarde.
Esa ocasión fue otro quiebre en mi conducta. Estaba decidido a ser una verdadera
puta. Durante las noches siguientes cabalgué sobre Ronnie como una amazona,
gimiendo para excitarlo aun más, abriendo las piernas, subiendo y bajando;
inventé posiciones, lo invité a ensayar posturas imposibles, él me siguió en
todas y recibí tanta leche que aún después de bañarme y durante el día sentía su
olor en mi cuerpo. Me acompañó todo el tiempo, además, un suave dolor en mi
"himen", que me recordaba la presencia del miembro de Ronnie.
Continuamos con la costumbre de no comentar nada, ni siquiera entre nosotros,
mientras brillara el sol o estuviéramos con otra gente. Pero a la noche, en el
dormitorio, volvíamos a desnudarnos; yo estimulaba mi imaginación para
sorprenderlo, buscaba su leche y escamoteaba la mía para prolongar el goce de su
goce. Mi pene es corto y gordito, no quería que Ronnie le diera importancia,
pero me buscaba para excitarme, tan sólo para que yo repitiera el ofrecimiento
de mi boca y de mi culo, de mi cuerpo entero, para recibir más leche.
Ese verano terminó y nunca más hicimos nada igual. Nunca más lo hablamos. Yo
tuve una vida "normal". Me casé, tuve hijos. Él también. Aquel verano quedó
encapsulado entre prejuicios y aquellos sentimientos míos sólo despertaron con
otro hombre, mucho tiempo después, hace un año, en un chat. También esto se
acabó, de un modo desdichado, pero me muero por ser, otra vez, aquella puta
incansable que enloqueció a Ronnie.
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